1. La conducta de los hijos
1.1. Razones por las que mejorar la conducta de los hijos
Hace unos años, trabajando con varios profesionales de escuelas infantiles sobre el tema “problemas de conducta”, aprendí una de las grandes lecciones de mi carrera profesional. Hablando sobre diferentes procedimientos de tratamiento de graves problemas de conducta expuse cinco métodos de tratamiento positivo y tres procedimientos de castigo recopilados de la “Asociation of Behaviour Analysis”. Curiosamente, una semana después, los profesionales habían practicado con los procedimientos de castigo y con ninguno de los procedimientos positivos. ¿Por qué? Le pregunté a todo el equipo un poco alarmada por los efectos del uso de dichos procedimientos, que bien conozco. Ellos me contestaron que era imprescindible cambiar dichas conductas y usaron los que pensaron que funcionarían más rápido. Desde aquel momento, siento mucho respeto a la hora de escribir sobre ciertos comportamientos y procedimientos que pueden ser usados. Con este escrito, quisiera responder a una familia que hace unos días nos preguntaba por los efectos a largo plazo de los problemas de conducta de sus hijos.
Antes de comenzar, siempre es bueno recordar que los padres que asumen la responsabilidad de las malas conductas y los errores de sus hijos, se preguntan continuamente: ¿qué he hecho mal?. Y no siempre lo hacemos todo mal, hay que asumir que aún habiéndolo hecho todo bien, nuestros hijos, a veces, deciden tener una conducta inadecuada. Pero si persisten o nos intimidan por las mismas y decidimos tirar la toalla, las consecuencias a largo plazo sí podrían terminar siendo devastadoras.
¿Qué pasaría en el futuro de un niño que consigue las cosas llorando? Cuando Juan tenía tres años, pasaba siete horas en su escuela infantil, cinco de ellas llorando. Cuando le conocí estaba en los brazos de su amable profesora mientras ella intentaba seguir la rutina de su clase. Era increíble ver como podía observar al resto de sus pequeños compañeros jugando con las construcciones o haciendo las fichitas de pre-escritura mientras él se quedaba encaramado y soñoliento en brazos de su profesora. Los padres de Juan trabajaban todo el día y necesitaban un lugar de confianza donde poder dejar a su hijito. Cuando llegaban a recogerle a las siete de la tarde, Juan comenzaba de nuevo a llorar intensamente y pasaba de los brazos de su profesora a los brazos de su madre. La rutina se repetía día tras día, pero habiendo posibilidad de buscar soluciones, la falta de tiempo de los padres impedía actuar con el rigor necesario.
Tres años después volví a coincidir con Juan en el colegio donde estaba escolarizado. Ya no contaba con aquella excelente profesora que se preocupaba por sus llantos y que le tenía en sus brazos mientras daba la clase a quince niños más. Juan había entrado en primaria con veinticinco compañeros diferentes y una sola profesora que no tenía tiempo para dedicarse a trabajar las dificultades emocionales de Juan dentro del aula. En los informes escolares Juan aparecía como un niño con dificultades de adaptación, temeroso y angustiado por no saber cómo desenvolverse sin la supervisión constante de un adulto.
Hoy dos años más tarde, los padres de Juan están buscando un lugar donde se le enseñen a su hijo habilidades de “afrontamiento” a las dificultades que pueden darse en el aula de cualquier colegio. Según cuentan su profesora, Juan se entristece cuando no le sale bien una tarea, tiene miedo de participar en juegos con sus compañeros cuando están en el recreo y prefiere trabajar solo a hacerlo en grupo. Juan es un niño sin dificultades para aprender, pero con más miedos de lo normal para su edad. No podemos saber qué hubiera sido de Juan si hubiera aprendido desde pequeño a afrontar los pequeños retos en su escuela infantil, pero sí podemos decir que en aquella época tuvo la oportunidad de aprender muchas habilidades que le hubieran servido en las posteriores etapas de su vida. Pero ésto no fue así.
Cuando él tenía tres años, sus padres y su profesora, pudieron haberle enseñado poco a poco a responder a sus miedos de manera más activa, podrían haberle enseñado cómo conseguir cariño con su esfuerzo más que con su llanto, pudieron enseñarle que no importaba que se equivocara, etc.
¿Qué pasaría en el futuro de un niño que aprende a conseguir las cosas con pataletas y sólo hace las cosas cuando y como quiere? Sam es uno de mis adolescentes preferidos. Cuando llegó al colegio fue como un ciclón, insultaba a todos sus compañeros, les pegaba cuando éstos no hacían las cosas que él quería, no trabajaba cuando sus profesores se lo pedían, se saltaba las reglas del colegio, etc. Fue nuestro gran reto durante un año. Había estado en otros centros donde lo habían dejado como un caso perdido. Y sus padres estaban totalmente desorientados por sus conductas que igualmente se repetían en casa.
En las reuniones con sus padres fuimos descubriendo la historia de Sam. Su padre nos contaba que delante de él siempre se comportaba correctamente porque tenía claro que en caso contrario le caía una “torta”, aunque siempre terminaba recibiendo alguna, al ser informado por mamá de las “fechorías” del día.
Curiosamente parece que ésto no le sirvió de mucho cuando diez años después seguía haciendo lo mismo con una sutil diferencia, era un adolescente. Su madre contaba que nunca había podido enfrentarse a él, unas veces por pena y otras porque al enfrentarse con él, Sam se ponía peor. Cuando era pequeño algunas de sus pataletas eran por comer “golosinas”, no podía comerlas por prescripción médica, su madre se las daba con criterios aleatorios y él otras veces las cogía a escondidas. Nunca le enseñó a respetar la “regla”.
En otras ocasiones sus pataletas eran con sus hermanos, cuando él quería un juguete había que dárselo porque en caso contrario “gritaba, lloraba, pegaba…” en cualquier sitio donde estuviera.
Conforme fue creciendo comenzaron los insultos. Si algo no salía como él quería, tenían que aguantar sus gritos y ademanes hasta que se tranquilizaba.
Sam empeoró su conducta conforme fue creciendo porque cada vez era más difícil enfrentarse a él y responder ante sus conductas inadecuadas. Éstas sólo habrían disminuido si las personas que le rodeaban hubieran tenido claro que era mejor enseñarle a comportarse correctamente desde que era un pequeño “mal acostumbrado”. La “pena” que sentían por que era aún muy pequeño y la falta de persistencia en cambiar su comportamiento empeoraron sus hábitos, porque aprendió a empeñarse con más fuerza en sus inadecuadas demandas. Las consecuencias aplicadas por su padre le enseñaron a “respetar” a una sóla persona, pero no a todas. Hoy la madre de Sam está muy preocupada porque ha leído un libro sobre la historia de un adolescente que se suicidó y cree que es muy parecida a la de su hijo. Pero aún no es tarde aunque llevemos perdidos más de doce años de educación para la vida. Sam hubiera podido darnos grandes alegrías en todo este tiempo, y su familia hubiera podido disfrutarlas.
Los dos ejemplos anteriores son simples muestras de lo que puede pasar en el futuro de nuestros hijos. Nadie puede hacer pronósticos pues la vida depende de múltiples variables que influyen en nuestro aprendizaje. Lo cierto es que dejar para mañana lo que podemos enseñar hoy es restar oportunidades de que nuestros hijos aprendan. Podemos dejarles al amparo de la propia naturaleza (de su propio ritmo vital), podemos dejarnos intimidar por sus gritos o excusas, pero también podemos crecer con ellos afrontando la realidad y luchando por mejorar.
No pasa nada porque los padres cometamos errores en la educación de nuestros hijos, somos personas, y nadie nos ha enseñado. Debemos ser conscientes de que tenemos problemas con nuestros hijos para poder comenzar a cambiar las conductas disfuncionales por conductas funcionales. Seamos sinceros con ellos y con nosotros mismos, advirtiendo de las consecuencias y diciéndoles que estamos dispuestos a ayudarles. ¡Diciéndolo y haciéndolo!. Si no podemos hacerlo solos, busquemos la ayuda de profesores u otros profesionales, y trabajemos juntos con ellos, compartiendo las responsabilidades.
(Esther López Cárdenas, Familias Centro Ann Sullivan Granada España)
1.2. Pasos para mejorar la conducta de nuestros hijos
1º Reflexionar sobre la conducta inadecuada de nuestros hijos
Partimos de una premisa fundamental “nuestros hijos no son malos, sólo han aprendido a comportarse inadecuadamente y nosotros no hemos contado con métodos adecuados para enseñarles” LeBlanc, J.M. 1996.
Aunque en los momentos difíciles del día a día es difícil mantener este criterio, puede en muchas ocasiones ayudarnos a ver los problemas desde puntos de vista más constructivos. Se trata de reflexionar sobre cuáles son los problemas que más se repiten en el tiempo y que distorsionan la convivencia. Aunque creamos que hay conflictos de todo tipo y en todos los momentos, es posible que sólo uno de los comportamientos de nuestros hijos sea el que rompa la paz o impida avanzar en su educación. Se trata de medir lo que sube la temperatura de la convivencia para después deducir los cambios que servirán para equilibrar.
Recuerde el caso de Sam (epígrafe 1.1.), si él hubiera aprendido a tener las cosas cuando sus padres se las daban más que cuando a él se le antojaba, sus problemas de conducta no hubieran aumentado enormemente.
2º Planificar la mejora del comportamiento de mis hijos
Para tener éxito lo más importante es planificar y está claro que la vida resulta mucho más sencilla cuando se tiene una idea de lo que va a suceder. La mayoría de los problemas de comportamiento pueden evitarse con la planificación y es ahí donde les podemos sacar ventajas a nuestros hijos porque poseemos experiencia de cómo hacerlo:
Pensemos las metas. ¿ Tengo claro cómo me gustaría que fuese todo?. Para acertar en este punto hay que ser objetivo (las utopías sólo se dan en la ficción y los niños nunca pueden portarse bien el 100% del tiempo), realista (pienso en metas que son alcanzables para mis hijos y para mí) y funcional (una meta que contribuya a una mejoría de todos los miembros de la familia para crear un ambiente positivo en nuestro hogar).
Escribamos una lista de lo que queremos mejorar o eliminar. Es posible que queramos conseguir cambios que impliquen “ser felices” o “llevarse bien con sus hermanos” pero para hacer cambios importantes necesitamos ser más específicos: Qué significa que se lleven bien, ante qué personas o situaciones espera que ellos se comporten y de qué manera deben hacerlo bien.
Investiguemos durante siete días. Una vez seleccionado lo que queremos cambiar, apuntamos en un papel las veces que aparece al final de cada día sin intentar actuar. En el futuro nos permitirá valorar si se están produciendo cambios positivos y descubrir algunas soluciones lógicas y fáciles. Es muy interesante este punto, ya que en ocasiones, los cambios se producen sin necesidad de intervenir.Lista de incompatibles. Escribimos una lista con aquellas acciones que serían incompatibles con los comportamientos que queremos eliminar. Es decir, si elegimos que nuestros hijos no den un manotazo a su hermano cuando quieran su juguete, la conducta alternativa sería que mis hijos se pidan los juguetes usando la palabra “por favor, ¿me dejas tu juguete?”. Esta es la parta más difícil porque implica educar más que corregir y los padres muchas veces nos guiamos por el castigo con efectos inmediatos que por el esfuerzo a largo plazo que implica enseñar algo que no se conoce.
Llegados aquí podemos afirmar que en todas las observaciones recopiladas tenemos el mejor manual de control de conductas inadecuadas, lo que implica casi el 50 % del éxito. Ahora resta la parte productiva, hacer “los cambios”. Pero …parémonos un momento y pensemos ¿no sabemos ahora mejor que nunca lo que debemos de hacer?
3º Anticiparse. Cuando sabemos en qué sitios nuestros hijos son revoltosos y en qué momentos es más probable que se desencadenen los problemas, tenemos la clave de cómo prevenirlos.
Anticiparse implica que antes de salir o estar en una situación de probable conflicto debemos:
Explicar las normas antes (no después de los conflictos)
“¿Te gustaría que fuésemos a echar un vistazo a la juguetería?”
“Si, me gustaría mucho, papá”
“Vamos a ir a mirar y a jugar, pero no vamos a comprar nada ¿Qué quieres decir?”
“pues que si quieres vamos y nos divertimos, pero no vamos a comprar nada. ¿Sigues queriendo ir? Si”)Dar alternativas para que no ocurra el conflicto
“Cariño, llevamos 30 minutos muy tranquilos”
“Gracias mamá”
“Es probable que dentro de un rato te aburras, ¿Te gustaría tener tu juguete de casa?”
“Si mamá pero no me lo he traído”
“No te preocupes hijo, yo me he acordado de traértelo pero he previsto dártelo cuando estuvieras aburrido”Cada quince minutos, les recordamos cómo será la recompensa.
“Estoy asombrada, lleváis quince minutos tranquilos”
“Qué dijimos que pasaría cuando todo fuera bien”
“Mañana, podríamos ver la TV”
“Pues lo estáis consiguiendo”Hagámosles partícipes en el plan que estamos siguiendo. Que sean ellos los que nos digan qué deben hacer y los incentivos que les gustaría conseguir.
“Pablo, qué es lo mejor que podrías hacer en el restaurante”
“Portarme bien papá”
“Hijo pero qué es portarse bien”
“Estar sentado comiendo con los cubiertos”
“Excelente hijo. Y si eso ocurre ¿qué podría hacer yo?”
“Papá, tú podrías invitarme a esa bola de juguete que hay allí”
“Pero esa bola es demasiado grande”
“Si papá pero podría conseguirla si además llevo a mi hermana al baño”
“Buena idea, estoy de acuerdo contigo. Así haremos”
4º Corregir a mi hijo en cuanto la conducta inadecuada aparece.
Hay veces que por muy previsores que seamos, las conductas inadecuadas aparecen por inercia, es decir, es la costumbre. Recuerde que los cambios se producirán poco a poco de manera que deberemos estar preparados para los momentos difíciles. Debemos tener en cuenta que estas situaciones también son oportunidades para aprender, es decir, para aprender que con esos comportamientos no conseguirá nada. Para actuar con éxito:
Estemos calmados, no permitiendo que la pataleta nos desespere. Eso les mostrará que estamos seguros de lo que hacemos.
Cuidemos el modelo de corrección que le estamos dando. Si le pegamos por pegar, afianzaremos lo que queremos eliminar. Si castigamos por no colaborar, restaremos oportunidades de aprender como hacerlo mejor.
Apliquemos las consecuencias que establecimos en nuestro plan.
Podemos ignorar llantos, gritos, … siempre que no actúen contra otra persona, podemos sacarles físicamente a otro lugar (todo depende de cada niño y del análisis de su comportamientos que hicimos al principio). Por ejemplo:
Si con el llanto nos pide el juguete, decimos con una frase “cuando lloras no te entiendo”.
Si con la pataleta hace que todos le miren, lo sacamos de la situación y decimos “cuando estés tranquilo volveremos”
Si con la agresión a su hermano consigue el juguete, coja el juguete y mirando a su hermano diga “los juguetes se comparten”.
Seamos inmediatos y persistentes, dejarlo para más tarde o pasarlo un día sí y otro no puede tener el peor de los efectos a largo plazo.Quitemos del campo visual el motivo de disputa. Pasado un tiempo, iniciamos una nueva situación que no tenga nada que ver y comenzamos a recompensarle por su participación. No olvidemos que un niño que muestra una conducta inapropiada a menudo, puede tener falta de motivación para colaborar. Busque las motivaciones en otras facetas más productivas.
Recordarle que “él puede estar tranquilo” podría servirle de ayuda sobre cómo puede conseguir salir del conflicto. Pero cuidado, si le recordamos lo que hizo mal o utilizamos amenazas la conducta se podrá disparar de nuevo.
Jamás les abracemos o besemos en mitad o al final inmediato de un conflicto. Esta consecuencia puede confundirles con que el cariño siempre viene después de la pelea.
(Esther López Cárdenas, Familias, Centro Ann Sullivan Granada España)